CARTA DE CLAUS VON STAUFFENBERG

Antes del desastre de Stalingrado, el general Friedich Paulus, jefe del VI ejercito alemán, obtuvo en cooperación con el general Kleist, una importante y brillante victoria contra las tropas soviéticas en Primavera de 1942, en lo que se conoció como el "kessel" (caldera) de Barvenkovo, una bolsa donde sólo pudo escapar uno de cada diez rusos de los rodeados, siendo para Paulus su primer destino al mando de tropa. Por dicha victoria, Paulus recibió la cruz de hierro y las felicitaciones personales de Hitler, quedando convencido aquel de las capacidades y aptitudes del Führer para el mando estratégico de las operaciones militares.
Por dicho motivo, el Conde Claus Von Stauffenberg en esos momentos con graduación de comandante, antiguo subordinado de Paulus en el del Estado Mayor, le envió una carta de felicitación, que decía:

"Cuán refrescante es salir de esta atmósfera a un ambiente donde los hombres dan lo mejor sin pensarlo dos veces, y dan sus vidas también, sin un murmullo de queja, mientras los jefes y aquellos que deberían dar ejemplo pelean y querellan por su prestigio personal, o no tienen el valor de decir sus opiniones sobre una cuestión que afecta a las vidas de miles de sus semejantes".


Esta carta, llena de principios y valores humanos, parecía un funesto presagio de lo que en pocos meses se desencadenaría; la batalla de Stalingrado, que costaría a Alemania y a la URSS, cientos de miles de vidas, inútilmente desperdiciadas por la obcecación, capricho y megalomanía de sus dirigentes, resueltos a vencer o morir, eso si, desde sus despachos.

Aquella reflexión de Von Stauffenberg me parece maravillosa, para los tiempos que corrían, de hecho a la postre, él mismo atentó contra Hitler, por sus convicciones, lo que le costó la vida, en pago por creer en algo mejor. Sin embargo para los tiempos actuales la anterior reflexión parece obvia, parece que hemos aprendido mucho de la guerra, pero sin embargo seguimos en manos de los mismos codiciosos y egoístas prebostes, con la abismal diferencia que los actuales son analfabetos comparados con los de antes; lo cual es sumamente impactante y paradójico. ¿Entonces, qué hemos aprendido?. La guerra es una maldición, creo que tendré la extraña fortuna como ser humano de no vivir ninguna, pero si desgraciadamente llegara, no daría ni una gota de mi mísero sudor y menos de mi sangre por ninguno de mis dirigentes, ni por sus opositores.

Nadie debiera dar por su país lo mejor de si, ni por supuesto su vida; por el deseo, capricho y obcecación de sus dirigentes. La pena es que los clichés y esloganes, abocan al pueblo a su propia destrucción, por encima de sus capacidades de raciocinio personales. ¿Por qué estoy luchando?, cuando un ejercito se hace esa pregunta, y no encuentra respuesta, está irremisiblemente vencido. Siempre fue un asco ser soldado.


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...y despues descansó.

...y despues descansó.